miércoles, 11 de junio de 2014

Wakefield, el paria del universo

Wakefield -nombre del protagonista y título de la obra- es una historia contada por Nathaniel Hawthorne (novelista estadounidense, 1804-1864), en la que en su primer párrafo se nos revela el comienzo y el fin de este excéntrico relato:

“(…) El marido, bajo el pretexto de un viaje, dejó su casa, alquiló habitaciones en la calle siguiente y allí, sin que supieran de él la esposa o los amigos y sin que hubiera ni sombra de razón para semejante autodestierro, vivió durante más de veinte años. (…) Una noche él entró tranquilamente por la puerta, como si hubiera estado afuera sólo durante el día, y fue un amante esposo hasta la muerte.”

El narrador de esta historia se entera, que Wakefield abandonó a su mujer, a través de un viejo periódico que no data lo que sucedió en el transcurso de esos 20 años. Entonces, aquí nos vemos invitados a leer su versión, imaginada, del caso más extraño de delincuencia marital -como nuestro narrador lo define-.

Conociendo el final de esta historia, lo interesante aquí es como Nathaniel Hawthorne se introduce en la mente de un testarudo marido que lleva a cabo un proyecto, que, probablemente, represente los deseos de más de un matrimonio.   

  Nota de lector: Wakefield, publicado en 1837, de Nathaniel Hawthorne (EEUU, 1804-1864).

jueves, 15 de mayo de 2014

Atuel

Desperté, y tras varios minutos intentado desenroscarme de la bolsa de dormir, logré salir al jardín de mi casa, que por esos días era una carpa  y el jardín, una porción no muy grande de tierra. En pocos pasos, no más de cuatro o cinco, llegué a la orilla de un río. Era verano y me encontraba viajando por la provincia de Mendoza.

Ese día, como en gran parte del viaje, fui el primero en levantarme. El camping seguía desierto y todavía se podía sentir la fresca brisa mañanera en la piel. De incienso, la leña quemada la noche anterior. Del diseño del jardín se encargaba el río Atuel, que seguía corriendo con esa vertiginosa brutalidad, que invitaba a quedarse mirándolo por muchísimo tiempo intentando calcular la cantidad de litros de agua que corren por segundo.

Sabiendo que tenía unas dos o tres horas antes de que empezara el movimiento por la zona, y tras sobrevivir a la travesía que implicaba conseguir agua caliente para el mate, tomé el objeto que ocupó el primer lugar en el listado de cosas para cargar en la mochila: Un Mundo Feliz, de Aldous Huxley. En este contexto, fui deslizándome por el libro, como los kayaks que pasaban sobre el agua, muy cerca de mí.

Eh leído muchas cosas a lo largo del tiempo, y me resulta muy difícil tener que destacar una lectura sobre la otra, porque pongo en duda que una sea mejor que la otra. Todas son distintas. Sí es cierto que hay de las que uno recuerda como si todavía estuviera en ella. En este sentido, Un Mundo Feliz, me resultó importante tras ponerlo en contraste con 1984, de George Orwell. Este último, leído durante la adolescencia y recluido en mi habitación, me había revolucionado completamente.

Pero lo que me lleva a recordar tan vivamente la lectura de esa mañana, se debe a mi entrega completa cuando me encuentro viajando, recorriendo lugares, compartiendo situaciones con mi gente, y con los que no conozco, con la mente relajada y dispuesto a disfrutar plenamente de la situación que venga por delante.

Entrevista a Chartier

   Edición y reformulación de una pregunta realizada en una entrevista, a Roger Chartier, en el marco del Congreso Centroamericano de Historia, que tuvo sede en la Universidad de Costa Rica entre el 22 y el 26 de julio de 2008.

  Teniendo en cuenta que, la oposición entre la pantalla y lo escrito ha dejado de existir: ¿Cómo se da la relación entre el individuo y la obra?

  El desafío de la nueva generación de lectores radica en la manera en que se da la relación entre las nuevas formas de inscripción de los textos y las prácticas de su apropiación.
  
  Hoy en día, el acceso a la cultura escrita se da, cada vez más, a través de un soporte, que es una superficie iluminada, es decir una pantalla, en donde el texto se encuentra vinculado también a imágenes, sonidos, música, etc. Debemos tener en cuenta que la producción de sentido no solo depende del soporte que media entre el texto y el lector, sino que también depende de factores históricos y culturales. 

   Fuente: Revista Historia, ISSN: 1012-9790, No. 65-66, enero-diciembre 2012 / pp. 189-194

jueves, 8 de mayo de 2014

"Io e Te"

    Tal como cuando uno siente un aroma o escucha una canción y automáticamente se ve trasladado a algún recuerdo en particular de la vida, Tú y Yo, escrita con la intensidad con la que lo hizo Niccoló Ammaniti, es un viaje por el tiempo, directamente a la adolescencia.
   
    Lorenzo, de 14 años, es un niño introvertido con problemas de socialización que tras tener unas reuniones con un psicopedagogo de su colegio, es considerado un narcisista incapaz de sentir empatía por los demás. A mi parecer, como sucede con muchos niños, su diagnóstico es exagerado, hay una confusión de problemas psicológicos con la simple -o compleja, en todo caso- adolescencia.
    
    Tras la mentira de que se iba a esquiar una semana con compañeros de clase, él se refugia en el sótano de su casa, el cual termina siendo su lugar en el mundo. Allí es, estando entre cuatro paredes, donde se siente completamente libre y, con el condimento de la aparición de Olivia (su conflictiva media hermana), vive quizá una de las aventuras más importantes e intensas de su adolescencia.
    
    En su última noche en el bunker, junto a Olivia, Lorenzo da cuenta del antes y el después en su vida:   
    
    “Resoplando y con vergüenza me puse a bailar. Eso era lo que más odiaba: bailar. Pero aquella noche bailé y mientras lo hacía experimenté una sensación nueva, la sensación de estar vivo, de que me asfixiaba. Unas horas después saldría de aquel sótano. Y todo volvería a ser como antes. Pero ahora sabía que al otro lado de aquella puerta el mundo me esperaba, y que podía hablar con los demás como cualquier otro. Decidir cosas y hacerlas. Podía marcharme. Podía ir a la escuela. Podía cambiar los muebles de mi habitación”.

  
   Nota lector: Tú y yo, publicado en 2010, de Niccoló Ammaniti (Italia, 1966). 
  

domingo, 27 de abril de 2014

Creo saber de mí

    Mi nombre es Maximiliano Zomer, con “z” y una “m”. Siempre pensé que no sería mala idea cambiar mi apellido a Sommer, con “s” y dos “m”. Desde que me lo preguntan, siempre entienden mi apellido como la palabra que remite a "verano" en inglés: summer.
    
    Como estudiante no soy un gran ejemplo, y no tanto durante el primario, sino en el secundario, cuando me dediqué a estudiar únicamente en el verano. Luego de algunos intentos fallidos, pude terminar el secundario en la modalidad "acelerado".
    
    Aunque no me considero un cinéfilo que sólo consume films de culto o de vanguardia, ni mucho menos, pero desde la adolescencia comencé a interesarme por la lectura, la música, y el cine. Como fui a una escuela técnica, no tuve mucha educación en lecturas, salvo la propia curiosidad de ir leyendo aleatoriamente lo que me han ido por la vida recomendando. 
    
    Durante la secundaria empecé a tocar la guitarra. Posiblemente ella tenga la culpa de mi pésimo desempeño escolar. Desde ese momento fui estudiando con diversos profesores, a la par de que, junto con mis colegas de la época, que lo siguen siendo hoy, fuimos armando diferentes proyectos musicales.
    
    Luego de terminar el secundario, comencé otro periodo de tropiezos estudiantiles. Estudié casi dos años en una escuela de música, y la abandoné; me anoté para estudiar arquitectura, nunca empecé; también me inscribí en ingeniería en sonido, pero nunca fui a buscar los horarios de la cursada; y seguramente me estoy olvidando alguna otra carrera en la que ni siquiera eh llegado a anotarme.
    
    Mis proyectos musicales continuaron, y hace algunos años comenzamos a hacer radio con los mismos colegas mencionados anteriormente. A partir de ese momento fui interesándome por la carrera que estoy cursando: Ciencias de la Comunicación Social.

    Esta vez confío en mi interés por varias razones: disfruto la cursada; “hago la tarea”; estudio durante el año, y no durante el verano; no duermo en las clases; y lo más importante es que no hago la carrera con planes de: “hijo: estudiá y recibíte lo antes que puedas, porque si no jamás vas a conseguir un trabajo digno”, sino que lo hago, realmente, por interés.